Oda a la mediocridad
Este verano, viendo los juegos olímpicos, las azañas de Michael Phelps, los records de Usain Bolt y las demás excelencias de los grandes deportistas, me puse reflexionar sobre la mediocridad que siempre ha caracterizado mi vida.
Desde el colegio ya despuntaba maneras, siendo un estudiante del montón, algún notable, quizás un sobresaliente, vamos como todo el mundo. En el instituto ya empecé a dejar alguna para septiembre, pero al final me saque mi diplomatura, con más que un esfuerzo por mi parte. Yo creo que sacarme una carrera es los más difícil que he hecho en esta vida. Siempre comento con los amigos que nunca he vuelto a trabajar tanto como en aquella época.
También he hecho deporte de competición, entrenando una hora diaria durante cinco o seis años, y no conseguí más que colarme en algún campeonato de Aragón, cuando mis compañeros de entreno luchaban en las finales o se iban a campeonatos de España. Pero fue una bonita y divertida experiencia para mí.
Más tarde me dio por el cicloturismo, recorrer el mundo montado en mi bici y llegué a hacer varios viajes en bicicleta. El camino de Santiago, el camino del Danubio, y varias rutas más por el norte peninsular. Desde luego no llegué a ser el aventurero que recorre continentes durante varios meses.
Además hago mis pinitos en programación desarrollando pequeñas aplicaciones en diversos lenguajes. Pero no me considero un programador, ni soy competencia de los cientos de buenos informáticos que hay por ahí.
Soy aficionado a los malabares y tengo cierta soltura con el diabolo y las tres bolas. Pero nunca iría a pedir trabajo al circo del sol.
De hecho, cuando veo nadar a Phelps no me da ninguna envidia, y pienso en la cantidad de horas que debe haber pasado en la piscina. Ni siento envidia de los científicos con tres carreras, ni de los aventureros que suben a Himalaya, ni de los malabaristas que luchan por hacerse un hueco en el mundo del espectáculo. Todos esos grandes especialistas, han perdido la oportunidad de hacer otras muchas cosas por intentar llegar a la excelencia en su especialidad.
Por eso, cuando mi padre me anima a que escriba un libro con cuentos y esas cosillas que voy escribiendo, yo le digo que me deje con mi mediocridad, que de momento no me ha ido tan mal.
